Sedosidad o sedación

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Lo sedoso invita a la laxitud, la distensión, la flacidez que no es acedía, como convienen algunos. Es un estar, casi dejando de estar, rumbo al abismo de un oceánico sentir que disgrega la propia miseria en un todo unificador y reparador.

Enredarse entre telas sedosas y dormitar es para quien no se droga como un narcótico orgásmico.

Reconocimiento de la alteridad

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El reconocimiento de sí mismo se produce en la limitación del no-yo, en la distinción de los que sustenta mi identidad y lo que la delimita. Ahora bien, sin duda estos límites mentales se establecen en una dialéctica entre el sí mismo y la alteridad que permiten identificar lo propio –identidad- y, lo que sin serlo aún parece apropiado, es decir el influjo que de lo otro recibimos y asumimos, haciendo del reconocimiento un acto de refundación, de creación propia.

Así, se puede afirmar que la alteridad no es una presencia a evitar –aunque tampoco podríamos- sino un otro-yo que busca su propio sí mismo y con el que se establece una relación dialéctica de intercambio de humanidad. Esto no significa, por descontado, que toda relación se desarrolle según esta dinámica, pero no es el objetivo de este escrito abordar esta cuestión.

Sin la alteridad, aquello que se es identificado como dinámico va disgregándose en un vacío existencial, huérfano de afectos que todo individuo necesita para mantener su estructura yoica básica.

Pero una vez realizado de manera continuada este reconocimiento de sí y del otro, de los que se deriva una actitud de honestidad con lo que es, de reconocimiento crítico y realista, el sujeto puede y está capacitado para mirar y reconocer el mundo.

Esta última fase depende obviamente de las dos que la preceden. Solo quien ha reconocido el sí mismo desde su verdadera mismidad y en diálogo con otros, que conjunta y permanentemente se han ido refundando, pueden ver con la crudeza que se requiere, en ocasiones, un mundo, que muchos prefieren no mirar. Emulando a infantes que al no mirar o ver el objeto lo creen inexistente.

El reconocimiento del mundo empieza por hacer un diagnóstico del estado de la cuestión que permita tener una idea general sobre la situación de los humanos. Como primera aproximación el resultado debe llevarnos a un análisis somero de las causas, ya que uno pormenorizado exigiría, dada la complejidad, de expertos. Ante las conclusiones que se pueden extraer de la situación del hombre en el mundo, no cabe argumentar –con mentalidad netamente occidental- ¿en que otro momento de la historia se ha vivido mejor? En ninguno, pues hemos progresado. El primer lugar la respuesta no es tan obvia ni es occidente, así que en otros lugares puede ser altamente diversa.

Fuera como fuese, no es un argumento que nunca se haya vivido tan mal en general, para que hoy los que viven mal, que son muchísimos, aunque sean menos, puedan morir de hambre aún. A esto habría que añadir guerras imposibles de entender, terrorismo que no sabemos realmente quien lo apoya ni por qué, crisis del Estado de Derecho, de la Política, y sin ser derrotista diría de la capacidad del humano de construir algo decente.

Ante esta decadencia de la credibilidad en la propia humanidad, han proliferado diversas tendencias que podríamos calificar de pensamiento positivo, que lanzando mensajes de “felicidad” como mantras, intentan aislar al individuo del mundo y que se construya su ego-isla, como fórmula segura de vida feliz. Llama la atención la cantidad de personas y los perfiles que se suman a estas ofertas. A algunas generaciones nos pueden recordar a las pegatinas que llevábamos enganchadas en las carpetas de adolescentes junto con consignas políticas de libertad.

La filosofía del reconocimiento alerta contra las estrategias escapistas del momento. No hacen felices, porque la felicidad no es eso que venden. En relación a en qué es eso de la felicidad, animo a leer filosofía. No encontrarán ninguna receta mágica, lo cual indica que es algo bastante más complejo que interiorizar una frase como si fuese un mantra.

Además la filosofía del reconocimiento desea extender la convicción de que la honestidad en la constatación de lo que soy –reconocimiento de sí mismo- y de los que son los demás y el mundo –reconocimiento de la alteridad- nos proporciona una relación nítida con el otro que nos asienta en la existencia con la fortaleza de aceptar lo que es y hay.

La vida es “bella”

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Nadie está consagrado a predicar el dolor como si fuera una forma de vida a practicar. Los que sienten alergia crónica a contenidos de alto voltaje, los menosprecian como desgraciados mediocres a exterminar, casi por riesgo de contagio. Temer a quien reconociendo el dolor le da vida, ante la mirada de los neófitos existenciales, es una manifestación de intolerancia y dogmatismo. ¡Qué se refugie un tiempo y descanse de la realidad quién no pueda metabolizarlo! Pero nunca intente imponer una falacia universal, a saber que la vida es esencialmente bella.

El reconocimiento del sí mismo

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El reconocimiento del sí mismo es el primer estadio, que exige superar una filosofía del reconocimiento, para que la actitud con la que se sitúa el sujeto ante el mundo sea fructífera. Sin este acto de refundación permanente de uno mismo, en el que el cambio se incorpora como un aspecto normalizado y propio, a la vez que se identifica aquello permanente que permite la certeza al sujeto de que es él mismo, solo habría repetición del pasado, como aseguraba Viktor Shklovski[1] o irreconocibles como deduce Paul Ricoeur[2]

En su obra, Ricoeur inicia la reflexión mostrando que el análisis lingüístico-gramatical del término, usado en su voz activa y su voz pasiva, desvela algo más que un problema de lenguaje; a saber un sentido del término reconocer que supera los estrechos márgenes lingüísticos y que apunta al hecho de que el concepto no es el referente únicamente de un acto de repetición de conocimiento. Más allá de este mimetismo, hace mención a una actividad en sí, que desarrollada se despliega en fases necesarias hasta su culminación y que es sin duda diferente y complementaria del conocer.

Parece ser que como acto filosófico el reconocimiento del sí mismo se inicia con la constatación del cogito cartesiano, aunque lo importante en Descartes parece ser el contenido objetivo de la idea conferido por el cogito. Con Kant el sujeto sigue siendo el eje de constatación pero solo en cuanto identificamos las condiciones trascendentales del conocimiento. Tiempo y espacio serán los a priori de toda percepción, y en consecuencia el tiempo la condición  que encorsete el reconocimiento, en cuanto es la condición subjetiva tanto del sentido interno como del externo. ¿Qué significa esto en relación con el sí mismo como fase primera del reconocimiento? Pues que tanto Descartes como Kant partieron de una autoconciencia entendida como identificación y distinción, sentido escaso e incompleto que otros intentaron profundizar.

 Tal vez, y como entiende Ricoeur, el primer filósofo que puede ser considerado como autor del sí mismo o de la conciencia de sí sea Bergson.

 Bergson, en su intento de vertebrar el problema alma cuerpo, cree identificar que lo problemático en esta relación es lo que denomina la huella psíquica, o el rastro que parece quedar en nuestra alma de la experiencia. Para abordar la cuestión de la supervivencia de esta huella considera imprescindible reformularlo como el problema del reconocimiento. Esta nueva perspectiva filosófica permite avanzar al darse cuenta de que el análisis debe articularse en dos aspectos: la memoria como retrospectiva, y la promesa como prospectiva que conjuntamente proporcionan una amplitud temporal al reconocimiento de sí.  Observamos, pues, una auténtica versión de la autoconciencia  o reconocimiento de sí mismo que establecerá las condiciones óptimas para el reconocimiento del otro.

En síntesis, diríamos que el reconocimiento de sí mismo exige de la acción de la memoria que permita forjar un pasado como base de nuestra identidad y de la interiorización del cambio como fenómeno sin el cual no cabría ningún reconocimiento. Este acto de refundación del sí mismo incorpora las modificaciones, que la conciencia de sí va experimentando, con la certeza de que el reconocimiento garantiza siempre las condiciones de posibilidad a partir de las que se pueden desarrollar las siguientes fases.

Existe parece ser un “plus” que junto con la reminiscencia produce una refundación, hemos afirmado aquí, o una visión como aseguraba Shklovski. Otros tal vez se referirán al fenómeno con expresiones metafísicas o incluso plenamente estéticas. Pero lo relevante es que reconocerse, volverse a conocer, o el reconocimiento  de uno mismo es un acto de renovación del propio yo que se transforma en el mismo acto de reconocimiento al interiorizar el influjo que la alteridad, en cuanto  lo no-yo, ha ejercido sobre el sí mismo.

Esas otras etapas que dan sentido a la denominada filosofía del reconocimiento como actitud que constituye una mirada realista de la existencia y la realidad, las abordaremos en ulteriores post.

[1] EL ARTE COMO ARTIFIICIO (V.SHKLOVSKI),EN LA TEORÍA DE LA LITERATURA DE LOS FORMALISTAS RUSOS.SXXI MÉXICO 1991
[2] CAMINO DEL RECONOCIMIENTO. P.RICOEUR. FCE. 2006

Supervivientes

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Quien sobrevive a una tragedia no solo se ve acosado por la culpa que conlleva el privilegio de haber superado el infierno, sino por la lacra  del maltrato recibido, la humillación, el desprecio, el ninguneo y la desvaloración que se encarnan en un vacío crónico de amor propio y de sentido existencial.

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